POR COJONES

Derrostran con las uñas
y con los dientes rezan a un Dios de infierno en ristre
encielan a sus muertos, entierran las pezuñas
en la más ardua historia que la Historia registra.
Y el hambre hace su presa, los túmulos su agosto.
Tres años: y cien caños de sangre Abel, sin nombre…
(insoportablemente terrible es su arregosto).
Hija de Yago- Blas de Otero

I

Estos hombres que aquí veis

son los mismos que desde siempre nublaron

nuestro presente y nuestro futuro.

Sus acharoladas botas claveteadas,

unciendo cruz y espada,

junto a las bituminosas sotanas

con el acre pudor a rancio semen excretado,

convirtieron la fuerza de la niñez en tinieblas

y el centelleo de los sueños de juventud

en irracionalidad y ayunos,

mientras entre ostia desconsagrada y rosario en mano

nos hablaban de las tinieblas de los campos funerarios

y de la fe en la resurrección de la carne pecadora

tras transitar a la otra vida gracias a la muerte,

para así conseguir la máxima felicidad,

la salvación del alma

a través de la sabiduría que proporciona la ignorancia.

Tiempos en los que el aliento se convertía en mármol,

la ira en labios agrietados

y el silencio substituía a la palabra,

viendo como castrados, cual eunucos,

nos arrebataban la historia de las manos

cerrando nos los caminos de la vida.

Los pájaros cantaban ajenos al dolor de lo diferente

y el aire modelaba los contornos de las rocas

y el agua disolvía el alimento de las plantas

y el fuego quemaba los recuerdos

y la tierra acogía los rescoldos

en su agujereada matriz fecunda.

II

Siguió la vida.

Como un manto mortal cayó el invierno,

las sombras de sus cortos días nos coronaron

con huesos azulados por el frio.

Amistades que un día creímos fuertes

nunca más lo volvieron a ser.

El presente se nos difuminó.

La memoria se convirtió en cadáver

y la ilusión en estiércol,

tal vez esperando el día en que la máscara rompiese

allí donde aseguran brota la verdad

de estas cavernas de la barbarie

alimentadas por los despojos de la razón,

para verbalizar al mundo

la soledad de las cuerdas de prisioneros

cargados de silencio y piojos,

mantas en las que ni Dios,

ni su Madre Auxiliadora, quisieron mirar.

Campos de la muerte amordazados

durante largos años de espaldas indiferentes.

Mientras, en las horas que vendrán,

quisiera creer que fuese posible

pudiésemos beber en silencio,

injertando un canto de esperanza en medio de lo rastrojos

o gestando planes de consuelo,

para recuperar con ternura los abrazos

y los sueños perdidos.

No importa tanto

las cartas inmóviles sobre el viento

o los gestos aparentemente inútiles,

sabiendo que tus primeros amigos ya no están,

fueron atrapados,

sólo viven encendidos bajo los restos

de tus encanecidos cabellos,

o caminando vilipendiados por campos de estupor,

calles desiertas y puertas cerradas,

huyendo casi desnudos de la niebla

por resquicios luminosos,

a la búsqueda de escondrijos de utopía,

y tú, desconcertado y solo,

caminas casi a ciegas con otro nombre

por un país que no es el tuyo,

para salvarte de vivir la juventud

en ese angosto túnel de lo que fue,

la larga noche terrorista

de la inclemente postguerra española,

sin unas letras compasivas que te guiasen

para eludir la ruta

que siguieron los administradores de la muerte

y poder así descubrir

la dura intemperie silenciada

y los torvos cobijos,

guarida de la infamia,

con los que tuvimos que convivir como consortes

para ser lo que somos:

un pueblo pleno de desmemoriados,

que se proclama democrático y monárquico,

atrapado en el cómodo cubículo de un alzhéimer salvador,

el engendro de la belleza encanada de la senilidad,

y el olvido obligado a una memoria molesta,

impuesta a los vencidos,

mientras entre ostia desconsagrada y rosario en mano

nos hablaban de las tinieblas de los campos funerarios

y de la fe en la resurrección de la carne pecadora

tras transitar a la otra vida gracias a la muerte,

para así conseguir la máxima felicidad,

la salvación del alma

a través de la sabiduría que proporciona la ignorancia.

Tiempos en los que el aliento se convertía en mármol,

la ira en labios agrietados

y el silencio substituía a la palabra,

viendo como castrados, cual eunucos,

nos arrebataban la historia de las manos

cerrando nos los caminos de la vida.

Los pájaros cantaban ajenos al dolor de lo diferente

y el aire modelaba los contornos de las rocas

y el agua disolvía el alimento de las plantas

y el fuego quemaba los recuerdos

y la tierra acogía los rescoldos

en su agujereada matriz fecunda.

III

Siguió la vida.

Como un manto mortal cayó el invierno,

las sombras de sus cortos días nos coronaron

con huesos azulados por el frio.

Amistades que un día creímos fuertes

nunca más lo volvieron a ser.

El presente se nos difuminó.

La memoria se convirtió en cadáver

y la ilusión en estiércol,

tal vez esperando el día en que la máscara rompiese

allí donde aseguran brota la verdad

de estas cavernas de la barbarie

alimentadas por los despojos de la razón,

para verbalizar al mundo

la soledad de las cuerdas de prisioneros

cargados de silencio y piojos,

mantas en las que ni Dios,

ni su Madre Auxiliadora, quisieron mirar.

Campos de la muerte amordazados

durante largos años de espaldas indiferentes.

Mientras, en las horas que vendrán,

quisiera creer que fuese posible

pudiésemos beber en silencio,

injertando un canto de esperanza en medio de lo rastrojos

o gestando planes de consuelo,

para recuperar con ternura los abrazos

y los sueños perdidos.

No importa tanto

las cartas inmóviles sobre el viento

o los gestos aparentemente inútiles,

sabiendo que tus primeros amigos ya no están,

fueron atrapados,

sólo viven encendidos bajo los restos

de tus encanecidos cabellos,

o caminando vilipendiados por campos de estupor,

calles desiertas y puertas cerradas,

huyendo casi desnudos de la niebla

por resquicios luminosos,

a la búsqueda de escondrijos de utopía,

y tú, desconcertado y solo,

caminas casi a ciegas con otro nombre

por un país que no es el tuyo,

para salvarte de vivir la juventud

en ese angosto túnel de lo que fue,

la larga noche terrorista

de la inclemente postguerra española,

sin unas letras compasivas que te guiasen

para eludir la ruta

que siguieron los administradores de la muerte

y poder así descubrir

la dura intemperie silenciada

y los torvos cobijos,

guarida de la infamia,

con los que tuvimos que convivir como consortes

para ser lo que somos:

un pueblo pleno de desmemoriados,

que se proclama democrático y monárquico,

atrapado en el cómodo cubículo de un alzheimer salvador,

el engendro de la belleza encanada de la senilidad,

y el olvido obligado a una memoria molesta,

impuesta a los vencidos,

como “botín de guerra”,

¡por cojones!.

Autor: Enrique Ibáñez

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